Mapocho, 1998

Madrugada del feriado y el aire más limpio en décadas. Llovizna sería en cualquier otro lugar, salvo aquí —garuga— donde la deformación local se expresa en la velocidad y plasticidad de las palabras. No así en la eternidad de las rocas en la montaña teselada. Desde el norte, la cuenca prodiga su gentileza: no llueve desde abajo hacia arriba ni el barro es infranqueable. Este frío, tanto zarpa brusca como tierna advertencia. Una ciudad es suficiente si te puede hacer feliz con unas cuantas retamas y la crecida del río.