
Cuando sus obligaciones le dejaban un poco de tiempo, practicaba siempre que podía, se batía con su sombra a la luz de una vela azul. Una noche, la niña abandonada pasó por casualidad y vio a Arya entrenándose con la espada. No le dijo nada, pero al día siguiente el hombre bondadoso fue con Arya a su celda.
—Vas a tener que deshacerte de todo esto. —Se refería a sus tesoros.
Arya se quedó conmocionada.
—Son mis cosas.
—¿Y quién eres tú?
—Nadie.
Él cogió el tenedor de plata.
—Esto le pertenece a Arya de la Casa Stark. Todas estas cosas le pertenecen. Aquí no hay lugar para ellas. Aquí no hay lugar para ella. Su nombre es demasiado orgulloso, y el orgullo no tiene cabida aquí. Aquí somos sirvientes.
—Yo sirvo —replicó, ofendida.
Le gustaba el tenedor de plata.
—Te haces pasar por sirvienta, pero en tu corazón eres la hija de un señor. Has adoptado otros nombres, pero son tan superficiales como un vestido que llevaras puesto. Por debajo de ellos siempre está Arya.
—No llevo vestidos. Con un estúpido vestido no se puede luchar.
—¿Por qué quieres luchar? ¿Qué eres? ¿Un jaque que va por los callejones en busca de bronca? —Suspiró—. Antes de beber de la copa fría, tienes que ofrecerle todo lo que eres a El que Tiene Muchos Rostros. Tu cuerpo. Tu alma. Tú misma. Si no vas a poder hacerlo, debes marcharte de este lugar.
—La moneda de hierro…
—… te pagó el pasaje para llegar hasta aquí. A partir de ahora tienes que pagar tú, y el precio es alto.
—No tengo oro.
—Lo que ofrecemos no se puede comprar con oro. El precio eres tú, toda tú. Los hombres recorren muchos caminos en este valle de lágrimas y dolor. El nuestro es el más duro; pocos son los que lo siguen. Hace falta una gran fortaleza de cuerpo y espíritu, y un corazón que sea fuerte y duro a la vez.
«Tengo un agujero donde antes tenía el corazón —pensó ella—, y ningún lugar adonde ir.»
XXII, en el IV libro de la teleserie famosa.