La revelación me impactó una vez que fui a mirar esos libros que había en la casa familiar, parte de esas colecciones de literatura (o historia, o filosofía) universal que venía en alguna promoción, y que el jefe de la casa compraba para entusiasmar a mi hermano mayor con la lectura. Con ello podría entusiasmar a otros, sus pares, en fiestas o eventos similares, alardeando sobre su hijo y su inteligencia. Había cierta idea de que yo sabía leer, pero nada confirmado en ese entonces. David Copperfield, para mí, era el pololo de Claudia Schiffer. Amaba a Claudia de la misma manera en que amaba a Sigourney Weaver: una incomprensible para la época. Más tarde entendí que era la pulsión lésbica hablándome a través de la tele. En 1995 pasaron muchas cosas. Muchas, muchas cosas. Una de ellas fue leer David Copperfield. No sé si mi hermano hizo lo propio porque nunca quise contarle a nadie que estaba enloqueciendo tan tempranamente por culpa de este chiquillo, y los gemelos de Mark Twain y por toda la colección de Zig-Zag, patrocinada por CTC.
En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no se nos ocurría pensaren el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.
No recuerdo mucho, la verdad. Sí se me quedaron en la mente, como suele suceder, las hermanas de la historia: Clarissa y Lavinia. Es el cumpleaños del autor. Supe que Karl Marx era fan suyo con ganas. De todo esto me enteré por internet. Busqué una versión digital del libro y la descargué. En la pasada me topé con esto y lo entendí todo. Amado por gente sin futuro.