Conocí a Brennan en un bar. Coincidimos en Ámsterdam: ella cursaba un magíster en esa ciudad, mientras que mi paso por ahí solo puede definirse como providencial (del cuidado que Dios tiene de la creación y de sus criaturas). Gringa, la Brennan, me causó desinterés inicial por defecto. A los cinco minutos, sin embargo, empezamos una conversación sobre los salmos. Dijo “The book of Psalms is truly a spellbook!” y yo asentí con entusiasmo idiopático en forma, mas divino en fondo. La Biblia, nuestro lenguaje.
En los días difíciles siempre pienso en el salmo 46 y en Martín Lutero componiendo el himno* que, según alguien, es la Marsellesa del mundo protestante; en el salmo 37, versículos 8 y 9, por culpa de y gracias a Sylvia Plath; y en el salmo 91 que se muestra en el velador de mi mamá, abierto y en reposo, desde siempre. Honro la noble tradición de las, les y los atribulades de la tierra de acudir a la poesía hebrea, buscando cobijo —a la sombra del omnipotente— en el mejor grimorio de todos.

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* Tiene un verso bacán en su traducción al castellano: Con furia y con afán / acósanos, Satán – que bien podría ser “Ven, po’. Te damos cara”.