Amiga, juguemos

Cuando me enseñó a jugar cacho, se sorprendió al ver cómo me frustraba al perder y cómo se prendía todo en mí ⁠—ojos, pestañas, poros, cabeza, luces invisibles en las yemas de los dedos⁠— al ganar.

⁠—Te caché⁠—, me dijo. ⁠—Te gusta ganar.

Me hice la hueona. No, cómo me va a gustar ganar, si nunca gano. Me gusta jugar, eso sí. Vimos una luz en el cielo. Había llovido hace poco y la interpreté como el último estertor de un par de nubes intranquilas, queriendo seguir con la tormenta contra toda magnitud climática reaccionaria. Recordé lo leído sobre los fenómenos asociados a la desintegración de los meteoritos en la atmósfera, la tragedia del Tunguska y otros cuerpos celestes ardiendo al acercarse a nosotros. Era de noche y no estábamos solas. Esas narrativas me gustan más, pensé.

⁠—Te gusta ganar⁠—, insistió. ¿Me leyó la mente? Me leyó la mente. Qué atrevida. Ese permiso no te lo he dado todavía. Típico de la gente como ella, saltándose pasos, creyendo que todo lo tiene por derecho de nacimiento, que se las sabe todas. Tan bonita, tan blanda, tan distinta. Tanto que me quiere. Demasiado extraño que me quiera tanto. ¿Cuál será su plan? No, demasiado atrevida. Capaz que después, incluso, se le ocurra darme consejos.

⁠—¿Te doy un consejo? El principio básico del cacho es este: se puede conquistar el mundo con un solo dado.

Tal vez el mundo se nos parece y también es celoso de sus secretos, al punto de tomar medidas extremas para que éstos no salgan a la luz. Pero ella ya había visto las seis caras del dado, calculó un par de probabilidades, agitó los vasos. Un despliegue simultáneo de astucia e inteligencia. ¿Cuántos trenes, amiga? ¿Dudas? ¿Te calzo? ¿Dudo? No, no dudo. Convicciones subterráneas que teníamos en común, mas no lo sabíamos. O yo no lo sabía, mejor dicho. Me enteré después. Ella cachó al tiro y yo tanto después, tanto más tarde. Hoy, con algo menos culpa, creo entender parte de lo que dijo. Que cuando habló de “conquistar” no estaba refiriéndose al mundo. Lo mismo con el dado.

Me gusta la gente de buenas metáforas y no conozco a otra fuerza movilizadora que tenga la intensidad incalculable del amor.