Pintura romántica

“La novena ola”, Iván Aivazovski. Representa un mar después de la tormenta en la noche y unos náufragos (siete) tratando de salvarse agarrados a los restos de un barco hundido. El nombre hace alusión a la tradición marinera que atribuía a la novena ola de la tempestad el efecto más destructivo. La pintura tiene tonos cálidos en los que el mar parece no ser tan amenazante y dar una oportunidad a la gente para sobrevivir. Wikipedia.

No sé si es la regla, o que volví a jugar el Chrono Trigger, o la obsesión con el espíritu de la escalera, o las tres juntas. Pero me revuelco en que si pudiera hacer cosas de manera distinta, partiría por haber sido más enfática respecto de su osadía. Es linda esa virtud. También mata. Quién soy yo, en todo caso, todavía, para aconsejar sobre los peligros que radican en ser temeraria. Pero ella era más chica, una hermana chica, y pudo haber hecho las cosas de manera distinta. Como cuando le dije que su idea de convertirse en gaucho era una pésima idea, que siendo mujer no duraría ni dos días arreando una mula, que el mate se acaba. Que no importa cuánto te quiera ese hombre, al final no será suficiente para enseñarte. O salvarte. Ella me contestó con que no podía juzgarlo sin conocerlo. A todos nos juzgan sin conocernos y querría no haber tenido razón en ese punto.

Bernardita Ojeda me habló de Asterios Polyp. El Vicente me entubó una champaña y un queso lais en una plaza de Providencia. “Vamos a callejear encarnando sus contradicciones”. Asombrado de mi mala suerte, me aclaró que igual lo mío fue suerte. Lo nuestro es suerte. La M. es suerte. Todo esto durante la tarde en que me llamó su mamá. Cuando me asaltaron, tiempo atrás, un sentimiento secundario fue el de alivio. No podría volver a escuchar más el mensaje de voz de la trophy wife, ni su reseña de una canción de Eduardo Gatti. Una suerte, porque lo hacía seguido. Obligada, entonces, a echar mano a lo que existe y no existe: la micorriza, la simbiosis, Amy Winehouse, sus artes, el polerón con las argollas de cortina de baño, la astucia del tronco familiar y la certeza de que cuando murió tenía el pelo teñido negro.

Los últimos audios que le mandé a la M. fueron: 1. un saludo de año nuevo, en m, eufórica, sintiendo todo por ella a más de 1.000 kilómetros de distancia; 2. un recordatorio de nuestro casamiento académico. El segundo no le llegó. Nunca apareció el doble-visto-azul. Menos mal. Lo último que oyó de mí fue el amor y no una trivialidad. Quiero recordar que el amor está por sobre esa trivialidad y creer que, en otro universo, estamos aún aburridas, solas y juntas en el bandejón central.