En primer lugar queríamos saber si es usted quien distribuye las partidas destinadas a la educación. Si no, esta carta debería dirigirse al Presidente de la República. A éste no me dirijo por una especie de pudor, mientras me siento con más derecho de hablar con el Ministro de Educación por haber sido yo estudiante.
A usted ha de extrañarle que una simple escritora escriba sobre un asunto tan complejo como el de partidas para educación —lo que en el caso significa abrir vacantes para los excedentes. Pero el problema es tan grave y por momentos patético que aun así, no teniendo todavía hijos en edad universitaria, me toca.
El MEC, procurando evitar el problema del gran número de candidatos para pocas vacantes, resolvió hacer constar en los anuncios del vestibular que los concursos serían clasificatorios, considerándose aprobados solamente a los ubicados primeros dentro del número de vacantes existentes. Esta medida impide cualquier acción judicial por parte de quienes no resultan beneficiados, pero no impide sin embargo que los alumnos tengan el impulso de ir a las calles a reivindicar las vacantes que les son negadas.
Señor ministro o señor presidente: ¡¿“excedentes” en un país que todavía está en construcción?! ¿y que necesita con urgencia de hombres y mujeres que lo construyan? Sólo dejar entrar en las Facultades a los que obtengan mejores notas es escaparle por completo al problema. Usted fue estudiante y sabe que no siempre los alumnos que obtuvieron las mejores notas terminan siendo los mejores profesionales, los más capacitados para resolver en la vida real los grandes problemas que existen. Y no siempre quien obtiene las mejores notas y ocupa una vacante tiene pleno derecho a ella. Yo misma fui universitaria y en el examen de ingreso me clasificaron entre los primeros candidatos. Sin embargo, por motivos que aquí no importan, ni siquiera ejercí la profesión. En verdad no tenía derecho a la vacante.
No estoy de ningún modo entrando en campo ajeno. Este campo nos pertenece a todos nosotros. Y estoy hablando en nombre de tantos que, simbólicamente, es como si usted se acercase a la ventana de su gabinete de trabajo y viese abajo a una multitud de muchachos y chicas esperando su veredicto.
Ser estudiante es algo muy serio. Es cuando los ideales se forman, es cuando más se piensa en un medio para ayudar a Brasil. Señor ministro o Presidente de la República, impedir que los jóvenes entren en las universidades es un crimen. Perdone la violencia de la palabra. Pero es la palabra justa.
Si la partida para universidades es escasa, y obliga a disminuir el número de vacantes, ¿por qué no someten a los estudiantes, algunos meses antes del vestibular, a exámenes psicotécnicos, a tests vocacionales? Esto no sólo serviría de eliminatoria a las facultades, sino que también ayudaría a los estudiantes que estén en un camino equivocado respecto de su vocación. Esta idea partió de una estudiante.
Si usted supiera del sacrificio que la mayoría de las veces hace la familia entera para que un muchacho cumpla su sueño, el de estudiar. Si supiera de la profunda y muchas veces irreparable desilusión cuando aparece la palabra “excedente”. Hablé con una joven que fue excedente, le pregunté cómo se había sentido. Respondió que de pronto se había sentido desorientada y vacía, mientras a su lado muchachos y chicas, al saberse
excedentes, allí mismo se largaron a llorar. Y ni podrían salir a las calles a una marcha de protesta porque saben que la policía podría golpearlos.¿Usted sabe el precio de los libros para la preparación de los exámenes? Son carísimos, comprados a costa de grandes dificultades, pagados en cuotas. ¿Para finalmente haber sido inútiles? Que estas páginas simbolicen una marcha de protesta de muchachos y chicas.
“Carta al Ministro de Educación”, de Clarice Lispector