Hay muchas cosas que no tenemos el poder de evocar y que sin embargo somos capaces de reconocer. Pero ese reconocimiento no siempre nos restituye el calor del pasado. Éste nos conmueve porque es pasado. Pero también por eso nos decepciona con tanta frecuencia. Lo hemos vivido como un presente rico del futuro hacia el cual se lanzaba; no queda más que un esqueleto. Es lo que hace tan vanas las peregrinaciones. Muchas veces nos es imposible encontrar la huella de nuestros pasos. El espacio se hace cargo de las traiciones del tiempo: los lugares cambian. Pero aun los que en apariencia han permanecido intactos no lo están para mí. Puedo pasearme por ciertas calles de Uzerche, de Marsella, de Ruán. Reconocería sus piedras, pero no encontraré mis proyectos, mis deseos, mis temores: no me encontraré. Y si evoco en esos lugares una escena de otros tiempos, está clavada con alfileres como una mariposa en una caja; los personajes ya no van a ninguna parte. Sus relaciones están afectadas de inercia. Y yo ya no espero más nada.
en La vejez (1970) de Simone de Beauvoir.