Como vemos por experiencia en lo que toca a los hombres, y creemos por tradición en lo que toca a los dioses, cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder de que dispone.
Esa es Simone Weil citando a Tucídides a quien, más abajo, retruca: “No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. Ello va en contra de todas las leyes de la naturaleza: sólo la gracia lo puede conseguir. La gracia colma, pero no puede entrar más que allí donde hay un vacío para recibirla, y es ella quien hace ese vacío”.
Me acordé de cierta vez en que, durante una tocata de Playa Gótica —era joven, ponderaba escasamente con quiénes me juntaba y terminaba en tugurios como el Bar 1—, me cayó la teja: incontables vacíos ajenos no soportados por sus titulares, en mi puerta. Sonaba “Extraños visitantes” y decidí hacerle caso a esa revelación, pese a lo precario de las circunstancias, a lo escueto del mensaje. Dejé de mirar alrededor y me entregué a la canción. Nadie sabe, nadie sabrá lo que estoy pensando. No se puede entrar sin gracia.