I prefer myself liking people to myself loving mankind

 

Los patriarcas nos defraudan. No ven y no escuchan. Suelen permanecer ciegos y hacer oídos sordos a las mujeres, se pavonean, alardean y actúan como si no estuviéramos allí. Y no siempre son hombres. A veces son mujeres, también ciegas, que se odian a sí mismas. Están atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente. Y estos hábitos son peores para la mujer joven, que sigue siendo concebida como un objeto sexual deseable porque el cuerpo lozano, fértil y apetecible no puede tomarse realmente en serio, no puede ser el cuerpo que hay detrás del gran arte. El cuerpo de un hombre joven, por el contrario, el de Jackson Pollock, está hecho para la grandeza. El héroe del arte.

Sin embargo, la agresividad, el deseo de venganza creado por las costumbres prepotentes, dominantes y condescendientes del patriarcado se pueden utilizar, remodelar y transformar en arte, en celdas, en habitaciones  que evocan en el espectador tanto las prisiones como los cuerpos biológicos, cuerpos que aman y se enfurecen, pero que escapan del actual cuerpo mortal de la propia artista y que siguen vivos después de su muerte.

 

 

en “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, Siri Hustvedt.

Condición afectiva

Me dio la loca y olvidé un melón en el refri por dos semanas. También escribí correos delirantes, se me partieron las manos, me salió un quiste, intenté (con éxito moderado) deshacerme del quiste, aparecieron cuatro canas que antes no estaban, me pasaron multa en la casa por intensidad desmesurada, tomé vino en vez de té más veces de las necesarias, espanté a unas cuantas personas (sin motivo real, en un par de casos), volvieron las jaquecas, dormí pésimo, tengo tres libros a medias que no miré en este tiempo. Dije que no me quería portar mal y me porté peor.

Hoy boté el melón, lleno de hongos, lamentando haber estado tan tan tan en la loca y no poder comerlo ya.

Chacota

Le dije que tengo pocos amigos, casi ninguno. Mismo con las amigas. Pocas. Casi ninguna. Se sorprendió. Parece que creía lo contrario. Le expliqué que no confío mucho, que me da flojera. Que tengo demasiado que explicar y que, pese a ello, puede ser que no sirva de mucho. Suele haber un punto de desencuentro radical y desde ahí ya no se puede avanzar más. Y entonces, para conservar la paz, debo des-explicarme. Qué paja. De verdad. El rollo es que veo el mundo como me veo a mí: con poca compasión. Sé que debo tener más de eso. Me lo han dicho. Compartí con él un par de impresiones en esta línea. Terminó enojándose y alegando que no podía hablar con alguien que se lo tomaba todo para la chacota. ¿Fue mi tono? ¿las palabras? ¿el contenido? Porque no te estoy hueveando. La crueldad no es una broma. La estupidez, mucho menos. Ando en búsqueda de calma. No sé si este es el camino, pero es todo lo que sé.

Proverbios 31:10-31

Le decían Cruella de Vil. Vieja culiá, nadie la quería.
A mí me quitó el saludo por pararle el carro.
¿Tan así?
¡Síiii! Su hobby favorito era apuntar defectos de nosotras…
… Teníamos 12 y 13 años.
Chicas, po’. Para un cumpleaños de mi otra prima, cuando tenía esa edad, la vieja miró a mi prima, me miró a mí y me dice “no deberías comer torta. Estás muy gorda, Lucía”.
¿Y qué le contestaste?
Que se mirara al espejo antes de hablar. No me habló nunca más.
Nunca más, ni siquiera cuando se fue a vivir a Argentina.
Ya, qué brígida. ¿Y por qué era así?
Nadie supo. Nuestra abuela, su hermana, la odiaba. Murió la abuela y nos tuvimos que hacer cargo del cacho.
¿Era de Santiago?
No, de Talca.
Ahhh…
¿Por qué ese “Ahhh”?
Don Francisco también era de Talca. Es como una hueá de huaso pesao.
Huaso, pesao y con plata.
Pero la vieja no tenía plata.
El marido tenía plata.
Siempre se refería a sí misma con el apellido del muerto, “la tanto de Errázuriz”. Nunca pudo superarlo.
Era su único brillo, ser su esposa.
Ya, pero eso es triste. Igual… pobre señora.
—¡Nooooo! Si lo disfrutaba. La fui a ver a Argentina hace poco. Tenía que presentar una hueá y dije “ya, voy a pasar. Qué puede salir mal”. Estaba con sus amigas de allá, jugando brisca o tomando té, ni me acuerdo. La hueá es que yo, súper cordial, le hablé a todas las viejitas, me senté con las piernas juntas…
… muy señorita.
Sí, po. Señorita todo el rato. ¿Pueden creer que la vieja, aún así, va y me dice “Vas a caer mal en todas partes si eres así de conversadora”?
Choá.
Tssss.
Fuerte. Lo más fuerte de todo es que, cuando me despedí de sus amigas, todas me encontraron muy dije. Señorita.
—¿Oye y cuántos años tenía la vieja?
¿Podemos dejar de decirle “vieja”? Es condescendiente.
Ya, pero su nombre no le alcanza. Cruella de Vil es un excelente sobrenombre. Le faltaba el puro mechón gris.
Y los dálmatas de verdad.
Odiaba a los perros, la señora. Manera de estar equivocada en todo.
¿Fue linda alguna vez, por último?
Supongamos que sí. Igual el marido era cototo.
Manso apellido.
Se aseguró. Igual viva.
¿Y no tenía, onda, ningún otro brillo?
Amaba a Dios con su vida.
Era devota.

Viet Cong

Viet Cong, apócope de Việt gian cộng sản “los traidores comunistas de Vietnam”—, fue el nombre que los gringos le pusieron al Frente de Liberación Nacional de Vietnam, pero no sabían casi nada de esa gente. Lo vi en un documental de Netflix. Gente que sólo quería vivir piola, en chozas piola. Sembrar arroz piola. Sin embargo, si los traidores comunistas de Vietnam se hacían de Vietnam, la castración mundial de EE.UU. sería inminente. ¿Cómo iban a perder una guerra? E inventaron fantasías para justificar la estupidez. Por ejemplo: la de una niña, Mai que quedó huérfana y fue adoptada por gusanoscubanos en Miami; o esa adaptación picantísima de Madame Butterfly sobre un marine que enamora a una barista menor de edad, Miss Saigon. Y pelearon, entonces, la guerra. Y la perdieron igual. Mentir tanto y gastar tanta plata y no poder escapar de la vergüenza.

Sad.

Lirio tigre

11- 12- 1970
     Olga, escribo esta carta a máquina porque mi letra anda pésima.
     He encontrado, sí, una nueva amiga. Pero tú sales perdiendo. Soy una persona insegura, indecisa, sin rumbo en la vida, sin timón para guiarme: en realidad no sé qué hacer conmigo. Soy una persona muy miedosa. Tengo problemas reales gravísimos que después te contaré. Y otros problemas, esos de la personalidad. ¿Tú me quieres como amiga aún así? Si lo quieres no digas que no te he avisado. No tengo cualidades, solo fragilidades. Pero a veces (no pongas atención en los acentos, quien los pone por mí es el tipógrafo), pero a veces tengo esperanza. El paso de la vida a la muerte me asusta: es igual como pasar del odio, que tiene un objetivo y es limitado, al amor que es ilimitado. Cuando me muera (modo de decir) espero que tú estés cerca. Tú me has parecido una persona de enorme sensibilidad, pero fuerte.
     Tú has sido mi mejor regalo de cumpleaños. Porque el día 10, jueves, fue mi cumpleaños, y tú me has regalado el Niño Jesús que parece un niño alegre que juega en su cuna tosca. A pesar de que, sin que tú lo sepas, me has dado un regalo de cumpleaños, sigo creyendo que mi regalo de cumpleaños ha sido tu propia aparición, en una hora difícil, de gran soledad.
     Necesitamos charlar. Resulta que yo creía que no había más que hacer. Entonces vi un anuncio de un agua de colonia Coty, llamada Imprevisto. El perfume es barato. Pero me sirvió para recordarme que lo bueno inesperado también sucede. Y siempre que estoy desanimada, me pongo el Imprevisto. Me da suerte. Tú, por ejemplo, no estabas prevista. Y yo imprevistamente acepté la tarde de autógrafos.
     

Tuya,
     Clarice
 
“Carta a Olga Borelli”, de Clarice Lispector
 
Hoy descubrí que tengo un crush en Lush. ¿Cómo? Porque a la bolsa donde empacó mis humildes compras agregó, en silencio, una yapa amada. Acabo de ponérmela y me siento equilibrada, floral y relajada.
 
Lo bueno inesperado también sucede.
 

La intensa y la estoica

Ventaja de la voluntad afirmativa:
estoy prohibida de hablar sobre lo que me carga
y obligada a hablar de lo que amo.

Amo el misterio.

Adoro el buen gusto
y por bueno quiero decir,
obviamente,
uno que armonice con el mío.

Viene mi hermana
me ve entre bolsas de té,
sobras de lentejas,
ojos hinchados de cansancio.

Yo no sabía que venía, me pilló por sorpresa
(como cuando nació, a la siga mía)
y trae cigarros.

“Yo podría hacerme la linda
y escribirle hueás bonitas”,
me dice sobre alguien que le gusta,
“pero qué paja”.

Abuelas

Hay muchas cosas que no tenemos el poder de evocar y que sin embargo somos capaces de reconocer. Pero ese reconocimiento no siempre nos restituye el calor del pasado. Éste nos conmueve porque es pasado. Pero también por eso nos decepciona con tanta frecuencia. Lo hemos vivido como un presente rico del futuro hacia el cual se lanzaba; no queda más que un esqueleto. Es lo que hace tan vanas las peregrinaciones. Muchas veces nos es imposible encontrar la huella de nuestros pasos. El espacio se hace cargo de las traiciones del tiempo: los lugares cambian. Pero aun los que en apariencia han permanecido intactos no lo están para mí. Puedo pasearme por ciertas calles de Uzerche, de Marsella, de Ruán. Reconocería sus piedras, pero no encontraré mis proyectos, mis deseos, mis temores: no me encontraré. Y si evoco en esos lugares una escena de otros tiempos, está clavada con alfileres como una mariposa en una caja; los personajes ya no van a ninguna parte. Sus relaciones están afectadas de inercia. Y yo ya no espero más nada.

en La vejez (1970) de Simone de Beauvoir.