Una que no te mandaron a decir con nadie, desde el comienzo, fue esta:
«Comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás».
Sudor de tu frente. Trabajar. Tu propia mugre mezclada con líquido y polvo del exterior. Algo cochino. Mi cenicero a esta hora. Probablemente también mi frente la que, si bien no suda, sí expresa. Hastío y Molestia, los nombres temporales (por esta noche) de las arrugas. Pienso en plata, cosas sucias. Me siento lejos de Dios cuando entro en estos caminos terrenales que sé cómo son, sé que no son los míos y, sin embargo, me gusta caminarlos. Parte de ganarme el pan con el sudor. Es mi cerebro el que traspira, creo, cuando estoy metida en ingenios. Mi cenicero a esta hora está asqueroso, como el trabajo y sus cosas. Soy de dignificarlo en público porque me sale bien y eso se traduce, de pronto, en buen pasar; y también de insistir ¿en privado? que quisiera que no costara tanto, que fuese todo un poco más limpio.

Aunque igualmente pienso, mirando este arte, que San Jorge tampoco quería sacarse la mugre matando al dragón y, de todas maneras, la leyenda cuenta la parte heroica y omite narrar el rostro y la armadura del santo salpicados de esta sangre tibia y maloliente, tal vez. Como en todo, la cuestión es quién cuenta la historia. Una vez mi madre, cansada de mí, respondió a una de mis insidiosas preguntas con otra todavía más: “¿Cómo voy a leerte, si tú no tienes letras?” y yo aquí, toda embarrada pensando si acaso soy mucho texto, si soy comparable al chocolate sobre el santo porque aquí estoy, una vez más delante de la pantalla experimentando, pese a que sé la realidad concreta no es así, el sudor de mi frente, para ganarme el pan. Hoy compartí la mitad de una hogaza. Rica. Vale la pena. No quiero volver a la tierra. No hay de otra.