En versiones anteriores, los puentes solían no importarme tanto. Después de todo, si se sabe nadar —o volar, o planear o teletransportarse—, qué más daba quemar este o aqueste.
Ahora que conozco el material del que están hechos estos ladrillos, minaretes, almenas, barbacanas y otras; y también sé de las partes vulnerables de cada unidad que compone este castillo, creo que la táctica de quemar los puentes (de mis favoritas) no es propio de lo que intento describir ahora, como señaló un amigo, en shuffle.
Un puente levadizo, en cambio, posee la hermosa cualidad de estar bajo control. De quien fuere. Da lo mismo. Nunca más dejaré que, de mi parte, arda madera alguna. Ese fuego desatado es débil. En esta versión soy más de calafatear con asfalto y brea la fortaleza. Invito a bajar la palanca y cruzar el puente. Ojalá atreverse: sí, no hay que adivinar que esto es una amenaza; y no, todo lo anterior es parte del dominio del misterio.
