N/E: La cita es de un relato que comparte título con el libro que lo anida, cuyo primer destino fue ser un regalo de cumpleaños. Fui desincentivada de entregarlo y luego lo olvidé en alguna repisa. Me alegro. De otro modo, no habría hallado esto hojeándolo hoy: “A propósito de las mujeres”. Mujeres todas del mundo, sepan que ninguna de nosotras está libre de caer, temporalmente, en el pozo de las pobrecitas y con ello convertirnos también en una pobrecita más. Abrazar con humildad esta posibilidad y reconocerla cuando es una realidad ciertamente engrandece el espíritu. También es provechoso para el alma considerar que, aunque el texto que sigue es a propósito de las mujeres, el arquetipo de la pobrecita es a propósito de las personas. Los reclamos por el género del término habría que hacerlos a quienes inventaron este dispositivo narrativo en la Edad Media y, además, se ha visto a todos los pronombres evidenciarse pobrecitas en los WhatsApps de la cuadra; específicamente a aquellos que definen a hombres. Por lo mismo, el llamado es a distinguirse (en todas sus acepciones) y salir del mismo. No hay bonificación por hacerlo con gracia, por cierto. Nadie está en el exterior esperando con una medalla a quien logró llegar a la superficie sin tierra debajo de las uñas. A partir de una referencia a White Lotus, Leo lo expresó así: “Haz lo que tengas que hacer para no sentirte una víctima de la vida”.
Las mujeres comienzan en la adolescencia a sufrir y a llorar en secreto en su habitación, lloran por culpa de su nariz o de su boca o de alguna parte de su cuerpo que no les gusta, o lloran porque creen que nadie las querrá nunca, o porque tienen miedo de ser estúpidas, o porque tienen miedo de aburrirse en vacaciones, o porque tienen pocos vestidos: estas son las razones que se dan a sí mismas, pero en el fondo no son más que pretextos y en verdad lloran porque han caído en el pozo y saben que a lo largo de su vida caerán en él a menudo, lo que les hará más difícil llevar adelante algo serio. Las mujeres piensan mucho en ellas mismas y piensan de una forma amarga y febril que los hombres desconocen. Es muy difícil que lleguen a identificarse con el trabajo que realizan, es difícil que consigan emerger de esas aguas oscuras y dolorosas de su melancolía y olvidarse de sí mismas.
Las mujeres tienen hijos y cuando nace el primer niño aparece en ellas una nueva especie de tristeza hecha de cansancio y miedo, y aparece siempre, incluso en las mujeres más sanas y tranquilas. Es el miedo a que el niño enferme, o es el miedo a no tener suficiente dinero para comprar cuanto necesita el niño, o es el miedo a tener la leche demasiado grasa o a tenerla demasiado líquida, es la sensación de no poder viajar tanto como antes, o la sensación de no poder dedicarse ya a la política, o la sensación de no poder volver a escribir o de no poder pintar como antes o de no poder escalar montañas como antes por culpa del niño; es la sensación de no poder disponer de la propia vida, la preocupación de tener que protegerse de la enfermedad y la muerte porque la salud y la vida de una mujer es necesaria para su hijo.
Y hay mujeres que no tienen hijos, y esta es una gran desgracia, es la peor desgracia que puede sucederle a una mujer, porque en un momento dado todo se convierte en desierto y aburrimiento y hastío de las cosas que antes se hacían con audacia, escribir y pintar y hablar de política y hacer deporte, y todo se convierte en cenizas en sus manos, y una mujer consciente o inconscientemente se avergüenza de no haber tenido hijos y empieza a viajar, pero incluso viajar es difícil para una mujer, porque tiene frío o porque le duelen los zapatos o porque se le hacen carreras en las medias o porque la gente se sorprende de ver a una mujer que viaja y mete las narices en todas partes. Y todo esto aún puede superarse, pero además está la melancolía y las cenizas en las manos y la envidia al ver las ventanas iluminadas de las casas en las ciudades extranjeras. Tal vez consigan vencer la melancolía un largo tiempo y paseen al sol con paso firme y hagan el amor con los hombres y ganen dinero y se sientan inteligentes y bellas, ni demasiado gordas ni demasiado delgadas, y se compren sombreros extravagantes con lazos de terciopelo y lean libros y los escriban, pero en un momento dado caen de nuevo en el pozo con miedo y vergüenza y desprecio de sí mismas y ya no consiguen escribir libros y tampoco leerlos, no logran interesarse por nada que no sea su problema personal, que muchas veces no saben explicarse bien y al que dan nombres diversos, nariz fea boca fea piernas feas aburrimiento cenizas hijos no hijos.
Y luego las mujeres empiezan a envejecer y se buscan las canas para arrancárselas y se miran las ligeras arrugas debajo de los ojos y comienzan a tener que ponerse fajas con dos ballenas en la barriga y dos en el trasero y dentro de ellas se sienten oprimidas y sofocadas, y todas las mañanas y todas las noches observan cómo su rostro y su cuerpo se transforman poco a poco en algo nuevo y penoso que pronto ya no servirá para nada, ya no servirá para hacer el amor ni para viajar ni para practicar deporte, sino que será algo que ellas mismas deberán cuidar con agua caliente y masajes y cremas o bien dejarlo que vaya devastándose y marchitándose bajo la lluvia y el sol y olvidar el tiempo en que fue bello y joven.
Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo, porque de lo contrario seguro que nunca podré hacer nada serio y el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres.