Muchas nueces

Ir a coro tenía varias ventajas. Las compañeras breves de juicio no las veían, insistiendo en la popularidad torcida de las ficciones occidentales del siglo XX, pero eran reales. Enumero las ventajas. La primera, quizás la menos agradable de admitir, era el contacto en directo, la experiencia etnográfica más allá del núcleo familiar, con el sadismo de los adultos encarnado por cualquiera de los dos profesores que impartían el ramo. Hombres viejos y desequilibrados: iguales en lo incorrecto, diferentes en ejecución. El tío curao de los asados, pero en el colegio y vulnerables al jumper. Ridículos ante él, mas bien. En fin. La segunda, entrenar las cuerdas vocales y jugar con el piano de la sala. En ese tiempo tenía un registro de tres octavas, aunque arruiné ese talento. La tercera, la mejor, era capear clases para ir a justificar la agenda cultural de la Municipalidad de Providencia. Espectacular oportunidad para ir a comer torta y tomar jugo, no estar en química o educación física, no estar en el liceo. La externalidad negativa era, bueno, que el alcalde era Cristián Labbé, famoso torturador y cómplice destacado de la dictadura cívico-militar, abierto defensor de los crímenes de lesa humanidad y la violación sistemática de los derechos humanos en Chile después de 1973.

Todavía no sé amarrarme los cordones y me da vergüenza escribirlo, pero lo usé como excusa más de alguna vez, en medio de las otras cabras de coro, en los momentos en que el alcalde se acercaba al grupo a saludar a cada una de beso en la mejilla. Veía al viejo culiao cerca y dirigía mi atención a los bototos. Pucha, qué plancha. Los cordones desamarrados. Pucha, qué plancha, pasó la máxima autoridad de este feudo siútico horrible y no recibí su felicitación. Qué tonta. No lo pude mirar a los ojos, no tengo baba de ese conchesumadre encima. Pucha.

Estoy vieja y pienso, no sé si de floja, que los pequeños sabotajes contra el poder, esas victorias chicas e insignificantes al lado del tren de la historia y las performances grandilocuentes que llenan los libros, o las que satisfacen el ego de quienes no pierden oportunidad para narrar qué tan correcto es el camino correcto, dicen mucho más. Cuando hay un sentimiento compartido en esta dirección llega a ser obvio, pero los hechos de los últimos años han malacostumbrado a nuestras generaciones a la conducción narcisista de los deseos anti-autoritarios. Y cuando no estás con tus amigos o un grupo más grande, ¿Eres tan chora/o? ¿Gritas tanto como dices que gritas tanto? No hay para qué salir en una actividad oficial con un lienzo gigante denunciando cada injusticia en este mundo. Basta poner cara de orto o esconder la mano en el momento preciso. ¿Cachai la fábula del rey desnudo? Yo voy por la disrupción inteligente.