Le dije que tengo pocos amigos, casi ninguno. Mismo con las amigas. Pocas. Casi ninguna. Se sorprendió. Parece que creía lo contrario. Le expliqué que no confío mucho, que me da flojera. Que tengo demasiado que explicar y que, pese a ello, puede ser que no sirva de mucho. Suele haber un punto de desencuentro radical y desde ahí ya no se puede avanzar más. Y entonces, para conservar la paz, debo des-explicarme. Qué paja. De verdad. El rollo es que veo el mundo como me veo a mí: con poca compasión. Sé que debo tener más de eso. Me lo han dicho. Compartí con él un par de impresiones en esta línea. Terminó enojándose y alegando que no podía hablar con alguien que se lo tomaba todo para la chacota. ¿Fue mi tono? ¿las palabras? ¿el contenido? Porque no te estoy hueveando. La crueldad no es una broma. La estupidez, mucho menos. Ando en búsqueda de calma. No sé si este es el camino, pero es todo lo que sé.
To the ends of the Earth
¿Recuerdas a Belén [la] Buena™?
Pintura romántica

No sé si es la regla, o que volví a jugar el Chrono Trigger, o la obsesión con el espíritu de la escalera, o las tres juntas. Pero me revuelco en que si pudiera hacer cosas de manera distinta, partiría por haber sido más enfática respecto de su osadía. Es linda esa virtud. También mata. Quién soy yo, en todo caso, todavía, para aconsejar sobre los peligros que radican en ser temeraria. Pero ella era más chica, una hermana chica, y pudo haber hecho las cosas de manera distinta. Como cuando le dije que su idea de convertirse en gaucho era una pésima idea, que siendo mujer no duraría ni dos días arreando una mula, que el mate se acaba. Que no importa cuánto te quiera ese hombre, al final no será suficiente para enseñarte. O salvarte. Ella me contestó con que no podía juzgarlo sin conocerlo. A todos nos juzgan sin conocernos y querría no haber tenido razón en ese punto.
Bernardita Ojeda me habló de Asterios Polyp. El Vicente me entubó una champaña y un queso lais en una plaza de Providencia. “Vamos a callejear encarnando sus contradicciones”. Asombrado de mi mala suerte, me aclaró que igual lo mío fue suerte. Lo nuestro es suerte. La M. es suerte. Todo esto durante la tarde en que me llamó su mamá. Cuando me asaltaron, tiempo atrás, un sentimiento secundario fue el de alivio. No podría volver a escuchar más el mensaje de voz de la trophy wife, ni su reseña de una canción de Eduardo Gatti. Una suerte, porque lo hacía seguido. Obligada, entonces, a echar mano a lo que existe y no existe: la micorriza, la simbiosis, Amy Winehouse, sus artes, el polerón con las argollas de cortina de baño, la astucia del tronco familiar y la certeza de que cuando murió tenía el pelo teñido negro.
Los últimos audios que le mandé a la M. fueron: 1. un saludo de año nuevo, en m, eufórica, sintiendo todo por ella a más de 1.000 kilómetros de distancia; 2. un recordatorio de nuestro casamiento académico. El segundo no le llegó. Nunca apareció el doble-visto-azul. Menos mal. Lo último que oyó de mí fue el amor y no una trivialidad. Quiero recordar que el amor está por sobre esa trivialidad y creer que, en otro universo, estamos aún aburridas, solas y juntas en el bandejón central.
Proverbios 31:10-31
—Le decían Cruella de Vil. Vieja culiá, nadie la quería.
—A mí me quitó el saludo por pararle el carro.
—¿Tan así?
—¡Síiii! Su hobby favorito era apuntar defectos de nosotras…
—… Teníamos 12 y 13 años.
—Chicas, po’. Para un cumpleaños de mi otra prima, cuando tenía esa edad, la vieja miró a mi prima, me miró a mí y me dice “no deberías comer torta. Estás muy gorda, Lucía”.
—¿Y qué le contestaste?
—Que se mirara al espejo antes de hablar. No me habló nunca más.
—Nunca más, ni siquiera cuando se fue a vivir a Argentina.
—Ya, qué brígida. ¿Y por qué era así?
—Nadie supo. Nuestra abuela, su hermana, la odiaba. Murió la abuela y nos tuvimos que hacer cargo del cacho.
—¿Era de Santiago?
—No, de Talca.
—Ahhh…
—¿Por qué ese “Ahhh”?
—Don Francisco también era de Talca. Es como una hueá de huaso pesao.
—Huaso, pesao y con plata.
—Pero la vieja no tenía plata.
—El marido tenía plata.
—Siempre se refería a sí misma con el apellido del muerto, “la tanto de Errázuriz”. Nunca pudo superarlo.
—Era su único brillo, ser su esposa.
—Ya, pero eso es triste. Igual… pobre señora.
—¡Nooooo! Si lo disfrutaba. La fui a ver a Argentina hace poco. Tenía que presentar una hueá y dije “ya, voy a pasar. Qué puede salir mal”. Estaba con sus amigas de allá, jugando brisca o tomando té, ni me acuerdo. La hueá es que yo, súper cordial, le hablé a todas las viejitas, me senté con las piernas juntas…
—… muy señorita.
—Sí, po. Señorita todo el rato. ¿Pueden creer que la vieja, aún así, va y me dice “Vas a caer mal en todas partes si eres así de conversadora”?
—Choá.
—Tssss.
—Fuerte. Lo más fuerte de todo es que, cuando me despedí de sus amigas, todas me encontraron muy dije. Señorita.
—¿Oye y cuántos años tenía la vieja?
—¿Podemos dejar de decirle “vieja”? Es condescendiente.
—Ya, pero su nombre no le alcanza. Cruella de Vil es un excelente sobrenombre. Le faltaba el puro mechón gris.
—Y los dálmatas de verdad.
—Odiaba a los perros, la señora. Manera de estar equivocada en todo.
—¿Fue linda alguna vez, por último?
—Supongamos que sí. Igual el marido era cototo.
—Manso apellido.
—Se aseguró. Igual viva.
—¿Y no tenía, onda, ningún otro brillo?
—Amaba a Dios con su vida.
—Era devota.
Protected: Hee Hee
Viet Cong
Viet Cong, apócope de Việt gian cộng sản —“los traidores comunistas de Vietnam”—, fue el nombre que los gringos le pusieron al Frente de Liberación Nacional de Vietnam, pero no sabían casi nada de esa gente. Lo vi en un documental de Netflix. Gente que sólo quería vivir piola, en chozas piola. Sembrar arroz piola. Sin embargo, si los traidores comunistas de Vietnam se hacían de Vietnam, la castración mundial de EE.UU. sería inminente. ¿Cómo iban a perder una guerra? E inventaron fantasías para justificar la estupidez. Por ejemplo: la de una niña, Mai que quedó huérfana y fue adoptada por gusanoscubanos en Miami; o esa adaptación picantísima de Madame Butterfly sobre un marine que enamora a una barista menor de edad, Miss Saigon. Y pelearon, entonces, la guerra. Y la perdieron igual. Mentir tanto y gastar tanta plata y no poder escapar de la vergüenza.
Sad.
Fanfics para Hilda
La historia de la Hilda está en una fase crucial: ¿marcar la distinción definitiva entre ella y sus familiares del techo, certificado de nacimiento mediante? ¿someterse al control biopolítico de un Estado populista y abandonar el punk? ¿devenir o no cyberpunk para cumplir con la Ley Cholito?
Protected: Hija y heredera de nada en particular
David Copperfield no es un mago
La revelación me impactó una vez que fui a mirar esos libros que había en la casa familiar, parte de esas colecciones de literatura (o historia, o filosofía) universal que venía en alguna promoción, y que el jefe de la casa compraba para entusiasmar a mi hermano mayor con la lectura. Con ello podría entusiasmar a otros, sus pares, en fiestas o eventos similares, alardeando sobre su hijo y su inteligencia. Había cierta idea de que yo sabía leer, pero nada confirmado en ese entonces. David Copperfield, para mí, era el pololo de Claudia Schiffer. Amaba a Claudia de la misma manera en que amaba a Sigourney Weaver: una incomprensible para la época. Más tarde entendí que era la pulsión lésbica hablándome a través de la tele. En 1995 pasaron muchas cosas. Muchas, muchas cosas. Una de ellas fue leer David Copperfield. No sé si mi hermano hizo lo propio porque nunca quise contarle a nadie que estaba enloqueciendo tan tempranamente por culpa de este chiquillo, y los gemelos de Mark Twain y por toda la colección de Zig-Zag, patrocinada por CTC.
En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no se nos ocurría pensaren el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.
No recuerdo mucho, la verdad. Sí se me quedaron en la mente, como suele suceder, las hermanas de la historia: Clarissa y Lavinia. Es el cumpleaños del autor. Supe que Karl Marx era fan suyo con ganas. De todo esto me enteré por internet. Busqué una versión digital del libro y la descargué. En la pasada me topé con esto y lo entendí todo. Amado por gente sin futuro.
Lirio tigre
11- 12- 1970
Olga, escribo esta carta a máquina porque mi letra anda pésima.
He encontrado, sí, una nueva amiga. Pero tú sales perdiendo. Soy una persona insegura, indecisa, sin rumbo en la vida, sin timón para guiarme: en realidad no sé qué hacer conmigo. Soy una persona muy miedosa. Tengo problemas reales gravísimos que después te contaré. Y otros problemas, esos de la personalidad. ¿Tú me quieres como amiga aún así? Si lo quieres no digas que no te he avisado. No tengo cualidades, solo fragilidades. Pero a veces (no pongas atención en los acentos, quien los pone por mí es el tipógrafo), pero a veces tengo esperanza. El paso de la vida a la muerte me asusta: es igual como pasar del odio, que tiene un objetivo y es limitado, al amor que es ilimitado. Cuando me muera (modo de decir) espero que tú estés cerca. Tú me has parecido una persona de enorme sensibilidad, pero fuerte.
Tú has sido mi mejor regalo de cumpleaños. Porque el día 10, jueves, fue mi cumpleaños, y tú me has regalado el Niño Jesús que parece un niño alegre que juega en su cuna tosca. A pesar de que, sin que tú lo sepas, me has dado un regalo de cumpleaños, sigo creyendo que mi regalo de cumpleaños ha sido tu propia aparición, en una hora difícil, de gran soledad.
Necesitamos charlar. Resulta que yo creía que no había más que hacer. Entonces vi un anuncio de un agua de colonia Coty, llamada Imprevisto. El perfume es barato. Pero me sirvió para recordarme que lo bueno inesperado también sucede. Y siempre que estoy desanimada, me pongo el Imprevisto. Me da suerte. Tú, por ejemplo, no estabas prevista. Y yo imprevistamente acepté la tarde de autógrafos.
Tuya,
Clarice