Escena de Avanzada es el nombre que recibe un conjunto de obras, artistas y escritores que tienen lugar en la escena artística chilena posterior al Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.
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Lispector v/s Cubillos
En primer lugar queríamos saber si es usted quien distribuye las partidas destinadas a la educación. Si no, esta carta debería dirigirse al Presidente de la República. A éste no me dirijo por una especie de pudor, mientras me siento con más derecho de hablar con el Ministro de Educación por haber sido yo estudiante.
A usted ha de extrañarle que una simple escritora escriba sobre un asunto tan complejo como el de partidas para educación —lo que en el caso significa abrir vacantes para los excedentes. Pero el problema es tan grave y por momentos patético que aun así, no teniendo todavía hijos en edad universitaria, me toca.
El MEC, procurando evitar el problema del gran número de candidatos para pocas vacantes, resolvió hacer constar en los anuncios del vestibular que los concursos serían clasificatorios, considerándose aprobados solamente a los ubicados primeros dentro del número de vacantes existentes. Esta medida impide cualquier acción judicial por parte de quienes no resultan beneficiados, pero no impide sin embargo que los alumnos tengan el impulso de ir a las calles a reivindicar las vacantes que les son negadas.
Señor ministro o señor presidente: ¡¿“excedentes” en un país que todavía está en construcción?! ¿y que necesita con urgencia de hombres y mujeres que lo construyan? Sólo dejar entrar en las Facultades a los que obtengan mejores notas es escaparle por completo al problema. Usted fue estudiante y sabe que no siempre los alumnos que obtuvieron las mejores notas terminan siendo los mejores profesionales, los más capacitados para resolver en la vida real los grandes problemas que existen. Y no siempre quien obtiene las mejores notas y ocupa una vacante tiene pleno derecho a ella. Yo misma fui universitaria y en el examen de ingreso me clasificaron entre los primeros candidatos. Sin embargo, por motivos que aquí no importan, ni siquiera ejercí la profesión. En verdad no tenía derecho a la vacante.
No estoy de ningún modo entrando en campo ajeno. Este campo nos pertenece a todos nosotros. Y estoy hablando en nombre de tantos que, simbólicamente, es como si usted se acercase a la ventana de su gabinete de trabajo y viese abajo a una multitud de muchachos y chicas esperando su veredicto.
Ser estudiante es algo muy serio. Es cuando los ideales se forman, es cuando más se piensa en un medio para ayudar a Brasil. Señor ministro o Presidente de la República, impedir que los jóvenes entren en las universidades es un crimen. Perdone la violencia de la palabra. Pero es la palabra justa.
Si la partida para universidades es escasa, y obliga a disminuir el número de vacantes, ¿por qué no someten a los estudiantes, algunos meses antes del vestibular, a exámenes psicotécnicos, a tests vocacionales? Esto no sólo serviría de eliminatoria a las facultades, sino que también ayudaría a los estudiantes que estén en un camino equivocado respecto de su vocación. Esta idea partió de una estudiante.
Si usted supiera del sacrificio que la mayoría de las veces hace la familia entera para que un muchacho cumpla su sueño, el de estudiar. Si supiera de la profunda y muchas veces irreparable desilusión cuando aparece la palabra “excedente”. Hablé con una joven que fue excedente, le pregunté cómo se había sentido. Respondió que de pronto se había sentido desorientada y vacía, mientras a su lado muchachos y chicas, al saberse
excedentes, allí mismo se largaron a llorar. Y ni podrían salir a las calles a una marcha de protesta porque saben que la policía podría golpearlos.¿Usted sabe el precio de los libros para la preparación de los exámenes? Son carísimos, comprados a costa de grandes dificultades, pagados en cuotas. ¿Para finalmente haber sido inútiles? Que estas páginas simbolicen una marcha de protesta de muchachos y chicas.
“Carta al Ministro de Educación”, de Clarice Lispector
Amiga, juguemos
Cuando me enseñó a jugar cacho, se sorprendió al ver cómo me frustraba al perder y cómo se prendía todo en mí —ojos, pestañas, poros, cabeza, luces invisibles en las yemas de los dedos— al ganar.
—Te caché—, me dijo. —Te gusta ganar.
Me hice la hueona. No, cómo me va a gustar ganar, si nunca gano. Me gusta jugar, eso sí. Vimos una luz en el cielo. Había llovido hace poco y la interpreté como el último estertor de un par de nubes intranquilas, queriendo seguir con la tormenta contra toda magnitud climática reaccionaria. Recordé lo leído sobre los fenómenos asociados a la desintegración de los meteoritos en la atmósfera, la tragedia del Tunguska y otros cuerpos celestes ardiendo al acercarse a nosotros. Era de noche y no estábamos solas. Esas narrativas me gustan más, pensé.
—Te gusta ganar—, insistió. ¿Me leyó la mente? Me leyó la mente. Qué atrevida. Ese permiso no te lo he dado todavía. Típico de la gente como ella, saltándose pasos, creyendo que todo lo tiene por derecho de nacimiento, que se las sabe todas. Tan bonita, tan blanda, tan distinta. Tanto que me quiere. Demasiado extraño que me quiera tanto. ¿Cuál será su plan? No, demasiado atrevida. Capaz que después, incluso, se le ocurra darme consejos.
—¿Te doy un consejo? El principio básico del cacho es este: se puede conquistar el mundo con un solo dado.
Tal vez el mundo se nos parece y también es celoso de sus secretos, al punto de tomar medidas extremas para que éstos no salgan a la luz. Pero ella ya había visto las seis caras del dado, calculó un par de probabilidades, agitó los vasos. Un despliegue simultáneo de astucia e inteligencia. ¿Cuántos trenes, amiga? ¿Dudas? ¿Te calzo? ¿Dudo? No, no dudo. Convicciones subterráneas que teníamos en común, mas no lo sabíamos. O yo no lo sabía, mejor dicho. Me enteré después. Ella cachó al tiro y yo tanto después, tanto más tarde. Hoy, con algo menos culpa, creo entender parte de lo que dijo. Que cuando habló de “conquistar” no estaba refiriéndose al mundo. Lo mismo con el dado.
Me gusta la gente de buenas metáforas y no conozco a otra fuerza movilizadora que tenga la intensidad incalculable del amor.
Poema visual a La Internet
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Our kind multiplies
Asking / little or nothing / so many of us! / so many of us! dijo la otra, la Sylvia Plath. La que no se descompone. Estoy pensando en todas las veces que dije no, y en las que dije sí. La primera vez de todas, de hecho, fue un sí. Después la presión hizo que el impulso se diluyera en otras formas, otros cuerpos. Carretié con una golden lesbian hace poco. Cuarenta años en resistencia contra el pico. Demasiado admirable. Le contaba esto mismo y me respondió, con la sabiduría de oráculo torta, que daba igual. Ante la pregunta incómoda, contestar “No soy hétero”, sugirió. Dudo —hoy— que el orgullo, ningún orgullo, sea para mí. Me hace mal. El lesbianismo, opino, creo que no. La última vez de todas, de hecho, fue ese amor el que me sacó del peor del des-amor, el de la muerte. Pero mi psiquiatra me lo tiene contraindicado. “Mucho estrés”, declaró. Es verdad en la vida. Es mentira en mi mente. La anécdota favorita de mi amor-que-no-es-hétero favorita reza que hizo una audición para el Mickey Mouse Club recitando un poema de la Sylvia Plath. Tenía doce años. No la aceptaron. ¿Hacia dónde van todas las no aceptadas?
Muchas nueces
Ir a coro tenía varias ventajas. Las compañeras breves de juicio no las veían, insistiendo en la popularidad torcida de las ficciones occidentales del siglo XX, pero eran reales. Enumero las ventajas. La primera, quizás la menos agradable de admitir, era el contacto en directo, la experiencia etnográfica más allá del núcleo familiar, con el sadismo de los adultos encarnado por cualquiera de los dos profesores que impartían el ramo. Hombres viejos y desequilibrados: iguales en lo incorrecto, diferentes en ejecución. El tío curao de los asados, pero en el colegio y vulnerables al jumper. Ridículos ante él, mas bien. En fin. La segunda, entrenar las cuerdas vocales y jugar con el piano de la sala. En ese tiempo tenía un registro de tres octavas, aunque arruiné ese talento. La tercera, la mejor, era capear clases para ir a justificar la agenda cultural de la Municipalidad de Providencia. Espectacular oportunidad para ir a comer torta y tomar jugo, no estar en química o educación física, no estar en el liceo. La externalidad negativa era, bueno, que el alcalde era Cristián Labbé, famoso torturador y cómplice destacado de la dictadura cívico-militar, abierto defensor de los crímenes de lesa humanidad y la violación sistemática de los derechos humanos en Chile después de 1973.
Todavía no sé amarrarme los cordones y me da vergüenza escribirlo, pero lo usé como excusa más de alguna vez, en medio de las otras cabras de coro, en los momentos en que el alcalde se acercaba al grupo a saludar a cada una de beso en la mejilla. Veía al viejo culiao cerca y dirigía mi atención a los bototos. Pucha, qué plancha. Los cordones desamarrados. Pucha, qué plancha, pasó la máxima autoridad de este feudo siútico horrible y no recibí su felicitación. Qué tonta. No lo pude mirar a los ojos, no tengo baba de ese conchesumadre encima. Pucha.
Estoy vieja y pienso, no sé si de floja, que los pequeños sabotajes contra el poder, esas victorias chicas e insignificantes al lado del tren de la historia y las performances grandilocuentes que llenan los libros, o las que satisfacen el ego de quienes no pierden oportunidad para narrar qué tan correcto es el camino correcto, dicen mucho más. Cuando hay un sentimiento compartido en esta dirección llega a ser obvio, pero los hechos de los últimos años han malacostumbrado a nuestras generaciones a la conducción narcisista de los deseos anti-autoritarios. Y cuando no estás con tus amigos o un grupo más grande, ¿Eres tan chora/o? ¿Gritas tanto como dices que gritas tanto? No hay para qué salir en una actividad oficial con un lienzo gigante denunciando cada injusticia en este mundo. Basta poner cara de orto o esconder la mano en el momento preciso. ¿Cachai la fábula del rey desnudo? Yo voy por la disrupción inteligente.

Valar dohaeris

Cuando sus obligaciones le dejaban un poco de tiempo, practicaba siempre que podía, se batía con su sombra a la luz de una vela azul. Una noche, la niña abandonada pasó por casualidad y vio a Arya entrenándose con la espada. No le dijo nada, pero al día siguiente el hombre bondadoso fue con Arya a su celda.
—Vas a tener que deshacerte de todo esto. —Se refería a sus tesoros.
Arya se quedó conmocionada.
—Son mis cosas.
—¿Y quién eres tú?
—Nadie.
Él cogió el tenedor de plata.
—Esto le pertenece a Arya de la Casa Stark. Todas estas cosas le pertenecen. Aquí no hay lugar para ellas. Aquí no hay lugar para ella. Su nombre es demasiado orgulloso, y el orgullo no tiene cabida aquí. Aquí somos sirvientes.
—Yo sirvo —replicó, ofendida.
Le gustaba el tenedor de plata.
—Te haces pasar por sirvienta, pero en tu corazón eres la hija de un señor. Has adoptado otros nombres, pero son tan superficiales como un vestido que llevaras puesto. Por debajo de ellos siempre está Arya.
—No llevo vestidos. Con un estúpido vestido no se puede luchar.
—¿Por qué quieres luchar? ¿Qué eres? ¿Un jaque que va por los callejones en busca de bronca? —Suspiró—. Antes de beber de la copa fría, tienes que ofrecerle todo lo que eres a El que Tiene Muchos Rostros. Tu cuerpo. Tu alma. Tú misma. Si no vas a poder hacerlo, debes marcharte de este lugar.
—La moneda de hierro…
—… te pagó el pasaje para llegar hasta aquí. A partir de ahora tienes que pagar tú, y el precio es alto.
—No tengo oro.
—Lo que ofrecemos no se puede comprar con oro. El precio eres tú, toda tú. Los hombres recorren muchos caminos en este valle de lágrimas y dolor. El nuestro es el más duro; pocos son los que lo siguen. Hace falta una gran fortaleza de cuerpo y espíritu, y un corazón que sea fuerte y duro a la vez.
«Tengo un agujero donde antes tenía el corazón —pensó ella—, y ningún lugar adonde ir.»
XXII, en el IV libro de la teleserie famosa.
I prefer myself liking people to myself loving mankind

Los patriarcas nos defraudan. No ven y no escuchan. Suelen permanecer ciegos y hacer oídos sordos a las mujeres, se pavonean, alardean y actúan como si no estuviéramos allí. Y no siempre son hombres. A veces son mujeres, también ciegas, que se odian a sí mismas. Están atrapadas en los hábitos perceptivos de los siglos, en las expectativas que han llegado a gobernar su mente. Y estos hábitos son peores para la mujer joven, que sigue siendo concebida como un objeto sexual deseable porque el cuerpo lozano, fértil y apetecible no puede tomarse realmente en serio, no puede ser el cuerpo que hay detrás del gran arte. El cuerpo de un hombre joven, por el contrario, el de Jackson Pollock, está hecho para la grandeza. El héroe del arte.
Sin embargo, la agresividad, el deseo de venganza creado por las costumbres prepotentes, dominantes y condescendientes del patriarcado se pueden utilizar, remodelar y transformar en arte, en celdas, en habitaciones que evocan en el espectador tanto las prisiones como los cuerpos biológicos, cuerpos que aman y se enfurecen, pero que escapan del actual cuerpo mortal de la propia artista y que siguen vivos después de su muerte.
en “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, Siri Hustvedt.
Condición afectiva
Me dio la loca y olvidé un melón en el refri por dos semanas. También escribí correos delirantes, se me partieron las manos, me salió un quiste, intenté (con éxito moderado) deshacerme del quiste, aparecieron cuatro canas que antes no estaban, me pasaron multa en la casa por intensidad desmesurada, tomé vino en vez de té más veces de las necesarias, espanté a unas cuantas personas (sin motivo real, en un par de casos), volvieron las jaquecas, dormí pésimo, tengo tres libros a medias que no miré en este tiempo. Dije que no me quería portar mal y me porté peor.
Hoy boté el melón, lleno de hongos, lamentando haber estado tan tan tan en la loca y no poder comerlo ya.